Cuando nacieron mis hijos, aun a sabiendas
de que yo era solo el vehículo por el que
llegaban a la vida; mi mente casi de niña,
no alcanzaba a comprender
que con el tiempo, sus vidas y la mía solo estarían
unidas por el vínculo del amor
y los sentimientos, pensaba: ¡pobre de mí!
Que siempre estarían cercanos y que cuando
llegase el otoño de mi vida, los sentiría a mi lado…
No es así…
Han echado raíces fuera, formado una familia y tienen
un camino por descubrir entre dolores y alegrías.
No hay, lógicamente, distancia de sentimientos,
eso es imposible cuando los lazos de amor y sangre
nos atan de por vida, pero sí hay una enorme
distancia en nuestros lugares de residencia
El tiempo, que es el gran maestro de la vida,
nos ayuda a descubrir que, igual que nosotros,
ellos vuelan buscando su espacio en la vida; aprendemos
a saber desprendernos; son libres como pájaros
y se formarán en el camino, como nosotros, aprendiendo
quizás de nuestros propios errores….
La vida es escuela, es camino,
es campo de labranza,
Siembra y recogida…
Stella
sábado, 19 de febrero de 2005
Sobre los hijos
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