Ya no mido tu estatura contra la pared,
si no por la firmeza de tus pasos y tu fe.
Aquel niño que corría con las manos de cristal
es hoy un hombre fuerte, con instinto vertical.
Me enorgullece el brillo de tu propia luz,
cómo cargas tus sueños sin que sean una cruz.
Aunque tus hombros sean anchos y tu voz sea de mar,
aquí siempre habrá un puerto por si quieres descansar.
Vuela alto, hijo mío, sin temor a la distancia,
que el amor que te di mantiene siempre su fragancia.
No importa cuán grande seas, ni a dónde vayas hoy,
en mis ojos siempre vive el niño al que la vida le doy.
sábado, 12 de marzo de 2005
Para mi hijo: El roble y el camino
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