El mundo era un sitio de piedra y de calma,
un eco dormido en el fondo del alma.
Caminaba seguro, sin rastro de miedo,
con el pulso domado bajo cada dedo.
Pero llegaste tú, como un rayo insurgente,
a incendiar el invierno que habitaba en mi frente.
Y en este naufragio que es verte de frente,
descubro un latido que corre impaciente.
Es un pulso nuevo, un sismo profundo,
que altera las leyes que rigen mi mundo.
Lo confieso vencido, mientras te miro frente a mí,
jamás temblé así antes de conocerte.
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